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Columna
En esta columna, el profesor Luis Horta Canales, coordinador de la Cineteca de la Universidad de Chile, revisa la trayectoria de Patricio Guzmán y el lugar central que ocupa la memoria en su obra documental. Desde La batalla de Chile hasta sus películas más personales y sus reconocidas trilogías, el autor destaca una mirada cinematográfica comprometida con los olvidados, la historia y la búsqueda de la verdad, cuyo legado invita a las nuevas generaciones a comprender el pasado y reflexionar sobre el porvenir.
Dejó la filosofía, dejó el teatro. Dejó la literatura, de la que sobrevive su novela Juegos de verdad (1963), en la cual dejaba entrever una inicial búsqueda por la verdad. Dejó también la publicidad, el cine experimental y también dejó de lado su primera película de ficción. Desprenderse sirve para quedarse con lo esencial y, en este caso, Patricio Guzmán Lozanes (1941-2026) coincidió con Violeta Parra: optó por quedarse con la gente.
Guzmán es posiblemente el documentalista nacional con mayor reconocimiento en el extranjero. Obtuvo importantes nominaciones y distinciones, proyectó sus películas en cientos de países, dictó clases en universidades de todo el planeta, fue motivo de estudios en un erudito libro de culto a cargo del profesor Jorge Ruffinelli. Pero nada de eso se equiparará con la profundidad sensible que alcanza para nuestro país su película La batalla de Chile (1975-1979), que con coraje y paciencia le permitió ensamblar numerosas horas registradas en 16mm junto a su amigo y colega Jorge Müller, de quien hasta la fecha no tenemos respuesta sobre su paradero tras ser secuestrado en 1974.
Guzmán pertenecía a una generación que experimentó en primera persona los telúricos años del Nuevo Cine Latinoamericano. La vocación por dejar registro de un movimiento popular inédito en el mundo se plasma en El primer año (1972) y La respuesta de octubre (1972), dos películas que allanan el camino a una obra monumental como La batalla de Chile, que tuvo que dividirse en 3 episodios para intentar explicar y explicarse qué ocurrió durante este proceso. Tal como solía mencionar, hubiese sido imposible concluirla sin el trabajo en montaje de Pedro Chaskel, y la producción del ICAIC.
Con la caída de la utopía, su reflexión no dejó de ser crítica y ahondó en los dolores de una sociedad traumatizada. Y, para ingresar en lo real, fue necesario develar el manto que permitiese acercarse a la verdad, para lo cual la poesía fue la herramienta con que intentó comprender los horrores. Es por esto que Guzmán nunca dejó de retratar el sentimiento indecible de los caídos, situándose con los olvidados, los que se ubican en la escala inferior de la jerarquía. La modesta lavandera de Salvador Allende, la anónima muchacha que participó de una marcha durante la Unidad Popular, su propio tío que, de manera anónima, le ayudó a sacar del país las bobinas en 16mm filmadas meses antes del golpe de Estado, construyen el relato coral de La memoria obstinada (1997), en la que documenta aquella perplejidad que le genera una sociedad indiferente al dolor humano, la misma que habita un modelo que impone el olvido y el consumo como valor cultural.
Como el opuesto a la memoria es el olvido, Guzmán sabe cuan peligroso puede resultar edificar sociedades en torno a la administración conveniente de qué recordar. Por eso están también sus películas más personales, como Isla Robinson Crusoe (1999) o Mi Julio Verne (2005), en las que se aventura en sus propias memorias de infancia y en su relación sensible con un mundo que luego vio caer al llegar a la adultez. Lo humilde y lo inmenso se entremezclan también en sus reconocidos documentales Nostalgias de la luz (2010), El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019), donde despliega numerosas operaciones alegóricas que le permiten merodear una memoria popular que se niega a ceder ante la historia oficial.
Devenidas en archivos, sus películas permiten ir más allá de un simple vistazo curioso al pasado, ya que allanan la reflexión profunda sobre las relaciones que surgen en torno a nuestra propia ética en medio de una época aciaga como la que nos toca vivir. Patricio Guzmán entendió perfectamente que un modo de acercarse a la verdad es atendiendo el resguardo de la memoria histórica, que es lo único que posibilitará hablar de porvenir. Sabemos que no recordaremos todo, que la memoria es selectiva y que se activa frente a los estímulos que la realidad nos entrega. Es por ello que su obra cinematográfica posibilitará que las nuevas generaciones sepan distinguir la dicha del quebranto, permitiendo con ello volver a ver nuestra condición humana en toda su gama de luces y sombras.
Luis Horta Canales, coordinador de la Cineteca de la Universidad de Chile y académico FCEI